Sunday, May 01, 2005

 

Pax Americana

Interesantísimo artículo sobre el "imperialismo yankee". Es algo antiguo y un poco largo, pero vale la pena.



Por Rafael L. Bardají

A vista de pájaro –o si se prefiere, con una visión superficial– los Estados Unidos no sólo son una gran potencia, la hyperpuissance del antiguo ministro de Exteriores galo Hubert Védrine, sino que por un cúmulo de circunstancias, se parecen cada vez más a un imperio. La disparidad de poder, riqueza, dinamismo y proyección cultural respecto al resto de países no sólo es brutal, sino que nunca antes ha sido tan grande a favor de Norteamérica. Los Estados Unidos gastan en defensa lo que los siguientes catorce países en el ranking mundial del gasto militar invierten en las suyas. O si se prefiere, el Pentágono gasta en su despliegue en Irak en dos meses lo que España presupuesta para sus fuerzas armadas en seis años. Todavía más claro, ¡Washington le da a sus militares en un año lo que nuestros gobiernos gastarían en defensa en 42 años![1]

En términos de poder económico cualquier comparación también favorece a América, con un tercio de la producción de la riqueza total del mundo, con una tasa de crecimiento anual sostenida y con un fuerte y sobrado dinamismo en innovación y en los sectores de mayor rentabilidad económica e investigadora. Las patentes, los productos, los premios Nóbel americanos superan con mucho a los de sus socios o competidores. Por no decir de la producción y el influjo cultural donde, desde el papel de las universidades a Hollywood, es predominante e invade y atrae a todo el mundo. Hasta nuestras estrellas cinematográficas más aparentemente radicales y antiamericanas se olvidan de sus prejuicios ideológicos por subirse al podio de los Oscars.

Y no es que únicamente libros, ideas, y películas impregnen el planeta, es que las tropas estadounidenses se han extendido en los últimos años alrededor del Globo y hoy cuentan con emplazamientos en dos tercios de los países reconocidos internacionalmente. Roma nunca tuvo tanto a su favor.

Ahora bien, contrariamente a lo que se suele vocear y escuchar cuando la izquierda sale a la calle, lo malo no es que Estados Unidos sea un imperio, lo verdaderamente malo es que no quiera serlo. Porque la realidad es que tras esa descripción superficial, la actual involucración y presencia activa de Norteamérica en los asuntos del mundo se puede explicar en función de acontecimientos contingentes, como el 11-S, que de no haber ocurrido más que probablemente no hubieran impulsado o permitido el ejercicio del poder americano en su forma actual.

Es más, a pesar de la existencia de debates en torno a la noción de imperio, su mera idea y concepto actúa como revulsivo en las elites políticas e intelectuales americanas, incluso en este momento. Su Historia y tradiciones internacionalistas, si bien reducen la carta aislacionista, hacen de la tentación del “compromiso selectivo” (selective engagement) una opción política atractiva y permanente. Lo auténticamente extraordinario es lo contrario, la vocación de una presencia global y hegemónica de carácter permanente.

A Ronald Reagan el marco fijo, congelado por décadas, de la confrontación Este-Oeste no le permitió avanzar o materializar una visión de estados Unidos como potencia dominante. Simplemente, su “Imperio del Mal”, tal y como calificó en su día a la URSS, representaba un freno objetivo, por muy decrépito que ya estuviera. George Bush padre nunca se sintió tentado por aventuras globales o imperiales, su propio pragmatismo se lo impedía y aunque con el final de la Guerra Fría y la guerra del Golfo del 91 estuvo cerca de poder planteárselo, su cortedad de miras le llevó a soñar, paradójicamente, con un nuevo orden mundial sostenido por unas Naciones Unidas eficaces y activas. La responsabilidad primordial del orden internacional no debía recaer en los Estados Unidos, sino en una ONU revivida, libre del tradicional veto soviético.

La polémica en torno a la Defense Planning Guidance, la guía estratégica del Pentágono y, por lo tanto de la política de seguridad y defensa americana, de 1992, el último año como Presidente de George Bush, resulta sumamente esclarecedora al respecto: Paul Wolfowitz, hoy número dos del Pentágono y hace 12 años responsable de la planificación estratégica en el mismo, propuso asumir como doctrina oficial la política de primacía. Para Wolfowitz, la situación creada con la desaparición de la URSS, pero en un mundo cargado de riesgos e incertidumbres, el objetivo estratégico de los Estados Unidos debía ser garantizarse su status dominante sobre todas las cosas, a modo de seguro ante potenciales rivales y sorpresas, por definición imprevisibles. El borrador llegó, como casi siempre en Washington, a la prensa, a través de una filtración indiscutiblemente interesada, y Bush ejerció su mando para desautorizar una estrategia así o similar y Wolfowitz tuvo que producir una nueva versión del texto donde los conceptos de supremacía, hegemonismo o imperialismo no tuvieran cabida alguna.

Clinton llegó a la Casa Blanca con un entorno nacional e internacional envidiable. Su economía le permitía alardear de una política de reducción del déficit acelerada mientras que el país daba un salto cualitativo hacia la sociedad de la información y las nuevas tecnologías. En el ámbito internacional, los Estados Unidos disfrutaban lo que el agudo comentarista Charles Krauthammer definió como “el momento unipolar”[2]. Sólo América gozaba de todos los pilares modernos del poder, en lo militar, en lo económico y en la voluntad política. Al menos teóricamente, porque la práctica, finalmente, iría por otros derroteros. De hecho, la degradación política, moral y personal del presidente Clinton haría que estados Unidos estuviera sobrado de cualquier cosa, excepto de voluntad política en el terreno estratégico e internacional. Bajo grandes declaraciones y planteamientos, la realidad de las dos Administraciones clintonitas era la de un poder poco atento, de actuaciones intermitentes, escasamente motivado para comprometer a los Estados Unidos y siempre huyendo del unilateralismo para enmascararse en instituciones multilaterales. El tardío y limitado compromiso con las guerras de la antigua Yugoslavia provocó una situación de horror de difícil solución; la política misilera contra Bin Laden no le produjo ningún resultado, como trágicamente se vio después; y la estrategia de esporádicos aguijonazos aéreos a Saddam Hussein tampoco le llevó a sitio alguno, articulando y sosteniendo una política de contención cada vez más erosionada.[3]

George W. Bush, Bush hijo, tampoco dio muestras durante la campaña electoral del año 2000, de querer desarrollar desde la Casa Blanca una política de primacía, hegemónica o imperial. Más bien todo lo contrario. Sus planteamiento de entonces se sustentaban en las ideas del más puro realismo. Tal como dejó por escrito quien sería su Consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, los Estados Unidos actuarían allí donde sus intereses vitales o estratégicos se vieran en peligro y no se dejarían caer en la sobreexplotación clintoniana de los soldados americanos, desplegados en medio mundo en misiones de apoyo a la paz de dudoso carácter y beneficio y sí de claros costes y contraindicaciones[4]. Nada en las palabras del candidato o de sus asesores podía llevar a pensar que Estados Unidos, con Bush hijo como presidente, iba a dejar de ser el “sheriff reticente” bien ilustrado por el hasta hace muy poco Director del Policy Planning Staff de Colin Powell, Richard Haass.[5]

¿Cómo explicar, entonces, el giro de George W. Bush quien ahora decididamente parece más hijo político de Ronald Reagan que de su propio padre? Pues si algo está claro es que el George W. Bush de hoy guarda poco del pragmático cinismo de los realistas clásicos, como su padre, y sí expresa mucho del revolucionarismo conservador de Reagan y su gente. Hay dos hechos que van a definir la nueva visión de Bush hijo y el curso de acción de los Estados Unidos en los últimos dos años y medio.

Por un lado –y de manera primordial– está el 11-S y sus implicaciones. El shock de los atentados va a calar hondo en una sociedad acostumbrada a sentirse protegida, invulnerable. De repente, ya no hay océanos que valgan como barrera geográfica de salvaguarda y el suelo patrio, la tan cacareada homeland, se descubre tan expuesta a ser golpeada como cualquier terreno del Oriente Medio o de un Estado fallido. Aún peor, en la medida en que la amenaza no proviene de Estados y fuerzas regulares sino de ONGs del terror, la sensación de vulnerabilidad aumentan, tanto más exponencialmente cuanto el terrorismo se vincula a la posibilidad de ataques con armas de destrucción masiva. No olvidemos que justo después del 11-S Norteamérica se vio sometida a un ataque con cartas de ántrax, poco explicado y menos comprendido en sus implicaciones de futuro.

El terror de alcance global presenta desde el 11-S una naturaleza catastrófica que sólo se puede combatir con una estrategia de anticipación, preventiva y también de alcance global, como bien quedó reflejado en el documento presidencial la National Security Strategy de septiembre de 2002. Documento, dicho sea de paso, ampliamente debatido por el planteamiento de la necesidad de ataques de anticipación (preemptive), pero cuyo giro esencial no radica ahí, sino en la convicción americana tras el 11-S de que ya no es posible aislarse del mundo y sentirse a salvo, que los Estados Unidos son vulnerables y lo serán más si no se comprometen a poner orden en un mundo turbulento.

El segundo elemento de la evolución del presidente Bush es de índole material y se conoce en el argot de los expertos o iniciados como Revolución de los Asuntos Militares. Con este concepto se aspira a dar cuenta de la evolución tecnológica aplicada a la defensa así como a los cambios orgánicos, doctrinales y operativos derivados de la misma. Resumiendo muy esquemáticamente, dicha revolución se basaría en tres pilares: en primer lugar, el aumento de las capacidades de adquirir información sobre el campo de batalla, gracias a nuevos sensores en todo tipo de plataformas, desde aviones no tripulados a satélites, y de procesarla y utilizarla de manera eficaz en eso que se llama “tiempo real”. Esto es posible no sólo gracias a nuevos y más capaces ordenadores sino, sobre todo, a la generalización de la banda ancha en las comunicaciones militares. Piénsese, por poner un ejemplo, que la campaña en Afganistán fue dirigida desde el cuartel general de Tampa, Florida, algo que nunca antes en la Historia había sucedido. Las nuevas tecnologías ya permiten el divorcio entre geografía y estrategia en gran medida; en segundo lugar, gracias al aumento de la letalidad de las municiones, mucho más precisas con la introducción de sistemas de guiado más perfeccionados, y de mayor radio de acción, con la introducción de motores y combustibles de mayor rendimiento. A mayor precisión mayor letalidad con menor carga explosiva y, por tanto, reducción automática de los daños causados; por último, la miniaturización de los equipos electrónicos, lo que permite dotar con más y mejores sistemas de localización, detección, comunicaciones y fuego a los soldados individuales y unidades de combate. Recuérdese, por citar otro caso, las repetidas imágenes de Afganistán de soldados visiblemente pero falsamente mal vestidos todos con ordenador portátil y antena para satélite. El burro o la mula convergen con las tecnologías del Siglo XXI.

En fin, información, precisión, letalidad y alcance global eran los requisitos operativos de unas fuerzas que debían enfrentarse con éxito a un enemigo elusivo y distante, como era la Al Qaeda de finales de 2001. Estados Unidos no sólo quería justicia tras sufrir los terribles atentados del 11-S, sino que podía permitirse el lujo de aplicarla por sí solos. Cosa, dicho sea de paso, que ninguna otra nación sobre la faz de la Tierra podía aspirar a hacer con sus medios.

Precisamente el éxito de la campaña militar contra los Talibán, conducida ejemplarmente siguiendo los principios de transformación de la defensa propugnados por el Secretario de Defensa americano, Donald Rumsfeld,[6] va a significar un refuerzo positivo y notable en la mente de George W. Bush y en su determinación para comprometerse a solventar los problemas del mundo derivados del terrorismo y de la proliferación de las armas de destrucción masiva. Contra todo pronóstico –baste recordar que para la mayoría de los medios de comunicación, incluido los influyente Washington Post y New York Times, la guerra en Afganistán se estaba perdiendo claramente, hasta el día en que súbitamente se ganó. Esa sensación no sólo de victoria sino de satisfacción y vindicación porque lo planeado sale bien en contra de muchas opiniones supuestamente cualificadas, no pudo más que apuntalar la imagen de una América vulnerable pero a la vez invencible, capaz de luchar y ganar allí donde se lo proponga. La consecuencia es evidente. Si Estados Unidos se hubiera empantanado, como les ocurriera a británicos y soviéticos, en las montañas afganas, Saddam estaría todavía haciendo de las suyas plácidamente instalado en Bagdad.

La guerra contra el Irak de Saddam Hussein en este mismo año 2003, de hecho, va a ser también un fructífero campo de batalla intelectual donde dirimir el grado de ambición internacional de los Estados Unidos. En el diseño, ejecución y fase post-bélica de la operación Libertad Iraquí lo más relevante no han sido las tropas –a pesar de su ejemplar comportamiento– sino las ideas y las distintas visiones que se enfrentaban en Washington. Buena parte de las contradicciones que hoy se ven en Irak por parte norteamericana son el reflejo de las victorias tácticas, a veces de distinto signo, de los ideólogos en torno a la Administración Bush. Y, en ese sentido, lo que hagan los Estados Unidos en Irak trasciende con mucho la situación de ese país, pues lo que se discute en el trasfondo es el modelo de comportamiento estratégico y global de América para las próximas décadas. Que Estados Unidos se acabe reconociendo no ya como una potencia hegemónica, sino como un auténtico imperio, y acabe actuando en consecuencia se va a ir viendo, ineluctablemente, en lo que haga en Irak y, sobre todo, en cómo lo haga.

El debate sobre Irak es, en realidad, no tanto el planteamiento de lo que América debe hacer, sino de lo que América debe ser. Hay tres escuelas básicas en liza a este respecto. No es casual que cada una de ellas esté vinculada o se alinee con cada una de las tres principales causas o razones por la que ir a la guerra para derrocar a Saddam.
Los Realisatas
La primera es la de los realistas, quienes justificaron el ataque por lo que el régimen de Saddam suponía de amenaza, real o futura. Personas como el vicepresidente, Dick Cheney, o el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, podrían adscribirse a esta corriente de pensamiento. Para ellos lo importante era eliminar una fuente de inseguridad para los Estados Unidos (y ya conocemos bien el discurso de las armas de destrucción masiva y la posibilidad de conexiones con grupos terroristas). Una vez resuelto este problema, porque Irak sin Saddam, por muy inestable que sea, ya no presenta el mismo dilema para la seguridad nacional americana, lo importante es acabar cuanto antes con la misión. No importan las condiciones de la post-guerra y de la estabilización en tanto no favorezcan un nuevo dictador con las mismas ambiciones que el depuesto Saddam Hussein. Y lo importante son las ambiciones, no la naturaleza del poder en Bagdad. De ahí que como podemos observar estos días, el propio Rumsfeld, tal vez uno de los exponentes más críticos de la actual Administración norteamericana hacia las Naciones Unidas, acepte ir de la mano de Colin Powell y sus intentos de ver aprobada una nueva resolución por el Consejo de seguridad de la ONU que posibilite el envío de una fuerza multinacional con la que reducir el esfuerzo humano de los ejércitos del Pentágono. Para los realistas, por tanto, el papel de los Estados Unidos en Irak está casi acabado y el deber nacional es seguir luchando contra el terrorismo global en otras partes del mundo. Esa es la verdadera guerra e Irak ha representado sólo un capítulo, una batalla, de la misma.

Los Realistas Generosos
La segunda escuela de pensamiento en Washington podría ser calificada de realistas generosos en la medida en que comparten la misma creencia básica de los realistas tradicionales (se debe actuar allí donde hay intereses vitales en juego) pero veían en el Irak de Saddam un problema no sólo para estados Unidos sino también para la estabilidad de la región. Para ellos, un Irak sin Saddam pero débil, inestable o, aún peor, caótico, no es aceptable ya que supondría un peligro para el equilibrio de poder en la zona, con el agravante de que el más beneficiado de esa situación sería el Irán de los ayatolas. Esta escuela veía la deposición de Saddam en términos de beneficio regional y muy en particular, como impulso para el proceso de paz entre palestinos e israelíes. La misión fundamental de los estados Unidos ahora es la estabilización de Irak y garantizar las condiciones para que el cambio de régimen llegue a tener lugar y en un plazo razonable los iraquíes puedan disfrutar de autogobierno en un ambiento de libertad y prosperidad. No cabe duda de que el representante americano en Bagdad, Paul Bremer, secunda estos objetivos y aunque Colin Powell antes del ataque se escoraba más hacia la visión de los realistas (American trops don’t do windows) hoy podría estar formando parte de este grupo decididamente partidario del nation-building.
Imperialistas Democraticos
El tercer núcleo de pensamiento es el de los imperialistas democráticos, más popularmente conocidos como neoconservadores aunque no todos los neoconservadores profesos lo sean. Para estos, lo verdaderamente importante de derrocar a Saddam (aunque lo urgente fuesen sus capacidades y ambiciones en el terreno de las armas de destrucción masiva) era el factor de liberación y democratización que traería de la mano el cambio de régimen por la fuerza. Un Irak democrático y libre no sólo resultaría beneficioso para los sufridos ciudadanos iraquíes, sino que se convertiría en la semilla del cambio político y social en toda la zona de Oriente Medio, de Palestina a Arabia Saudí. La batalla última contra el terrorismo de alcance global, aunque de origen esencialmente musulmán y, sobre todo, saudí, se tiene que librar por fuerza en esta zona y sólo con un cambio profundo y no cosmético, similar al de la Alemania y el Japón de 1945, alimentado por los Estados Unidos con ideas, dinero y tropas se podría avanzar hacia un mundo más seguro. Para esta escuela, la estabilidad ya no es sinónimo de seguridad. De hecho, Oriente Medio es, posiblemente, en todos los sentidos, la zona más estable del planeta desde hace años, pero eso no obsta para que también sea la fábrica de mayor riesgo potencial para el resto del mundo en la forma del terrorismo islámico fundamentalista. Dentro de la Administración, al subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, se le asocia con esta opción y desde fuera, prácticamente todo los neoconservadores la subscriben y encuentran un buen altavoz en las páginas del Weekly Standard de Bill Kristol.

Ahora bien, en el campo de los neoconservadores, aunque se produzca un consenso generalizado sobre el futuro de los Estados Unidos y el Oriente Medio, también hay grandes divergencias sobre el papel y la forma de llevar adelante su política global. Las reticencias a aceptar el término imperio son claras e importantes. En un reciente debate en la sede del American Enterprise Institute, la meca y Aleph del pensamiento conservador y neoconservador, entre el historiador británico Niall Ferguson y el ensayista americano Robert Kagan, era curioso ver cómo el primero pedía que se asumiese lo que significa ser una potencia imperial y el segundo intentaba establecer delimitaciones nominalistas sobre lo que es una superpotencia, una potencia hegemónica y un imperio.[7]

Y, en cualquier caso, el curso de acción de la presidencia que es, al fin y al cabo la que cuenta a la hora de decidir las opciones concretas, sigue siendo relativamente abierto. En las últimas semanas, con la no aparición de las armas de destrucción masiva, el triste espectáculo londinense de la investigación Hutton, la cadena de atentados en Irak y el goteo de bajas americanas, todo parecía apuntalar a los realistas y la alternativa de una salida de la pesadilla lo antes posible. Sin embargo, la petición de los 87 mil millones de dólares suplementarios hecha por Bush al Congreso, parece colocarle en el bando de los neocons y de las ambiciones imperiales.

¿Pero es realmente Estados Unidos un imperio? Evidentemente no en su sentido tradicional de conquista geográfica y control directo de las colonias. Con la excepción de Afganistán e Irak donde todavía los americanos están comprometidos con el ejercicio del poder político in situ, en todas sus otras intervenciones han ido, han luchado, han ganado y se han marchado. ¿Pero por qué ceñirnos a una definición estrecha, tal vez obsoleta, de lo que es un imperio, basada en lo que fueron y no en la fluidez de las formas del poder mundial de hoy? Es obvio que no por coerción, ni por control directo ni por ocupación geográfica los Estados Unidos de comienzo del Siglo XXI se parecen ni remotamente al Imperio español, francés o británico de antaño. Posiblemente ninguno de los anteriores hubiera permitido el rechazo de Arabia Saudí a utilizar su suelo en la operación Libertad Iraquí o las frustrantes vacilaciones de, hasta ese momento, un fiel aliado como Turquía, por donde supuestamente debía haberse abierto el frente norte que no llegó a ser.

Así y todo, esa capacidad de encajar reveses diplomáticos posiblemente se deba más a una cultura política profundamente democrática y acostumbrada a aceptar la oposición como algo natural y en la extendida creencia de que los valores americanos tienen que ser queridos y asumidos por lo que de positivo tienen para todo el mundo. Es decir, que la acción exterior y estratégica de Norteamérica no se basa en la coerción (salvo con los enemigos) sino en la persuasión y en la atracción. Hasta hora ha sido así, pero a una hiperpotencia le corresponde como reacción al ejercicio de su poder una hipercrítica y ya se está viendo en el rebrote de un antiamericanismo militante, perdido en los márgenes idológicos desde hace más de 20 años. La pregunta aquí es ¿qué hubiera pasado si el frente turco hubiera sido imprescindible para el ataque a Irak?

Gracias a las nuevas tecnologías militares –lo que antes hemos llamado Revolución de los Asuntos Militares– los Estados Unidos cuentan hoy con unas fuerzas de alcance global. La lucha contra el terror les ha llevado a convertir en doctrina oficial lo que siempre ha sido una opción de los Estados, el ataque preventivo o de anticipación. Y ambos son requisitos de una política imperial si se está dispuesto a desarrollarla. Sine qua non, pero no condición suficiente. Lo que falta es una decidida, aunque no necesariamente declarada, voluntad de ser una potencia imperial.

A los americanos habría que decirles que en un mundo post-moderno, los imperios no pueden ser lo que eran y que tanto les repugna. Y que, en realidad, lo que pueden ser es un imperio post-imperial. Un imperio capaz de represaliar a quien se le subleve, pero basado en la legitimidad de la bondad y benevolencia de su poder y en el hecho de que allí donde estén los americanos favorezcan la creación de riqueza, la revitalización tecnológica, el dinamismo social y, no es baladí, las prácticas democráticas y la libertad. Que normalmente es lo que han logrado con sus intervenciones.

Aún hoy no hay garantía de que los Estados Unidos se acepten como lo que son o pueden ser. Niall Ferguson bromea diciendo que si “hace cuak, cuak como un pato, es que es un pato”, pero no es tan sencillo. O se tiene vocación imperial o se es una hiperpotencia sin saber muy bien para qué. Y el problema esencial para todos, americanos incluidos, es que en la Historia reciente, entendiendo por reciente la contemporánea, cuando los Estados Unidos no han querido, sabido o podido jugar un papel predominante, al mundo le ha ido mucho peor que cuando han sido y actuado como una potencia intervencionista. En Europa es patente que la solución a los conflictos civiles o étnicos de la antigua Yugoslavia sólo se logró imponer cuando el presidente americano se decidió a actuar en la zona.

Y el problema de fondo es que la estabilidad del mundo, la libertad de mercado y la democracia dependen de lo que los americanos quieran y decidan ser, puesto que no existe alternativa alguna –salvo en la calenturienta mente de algún francés– al poder americano. Las Naciones Unidas ya se ha visto lo que son por enésima vez; la UE, una potencial potencia de bolsillo, se divide hasta la médula cuando hay que optar entre Estados Unidos y el eje franco-alemán, afortunadamente; y sólo unos pocos ilusos o iluminados pueden creer que un mundo liderado por China o París puede ser más generoso, estable y seguro que uno dominado por Washington. La realidad es que no hay alternativa a los Estados Unidos y por eso es tan importante que los ciudadanos norteamericanos asuman su responsabilidad y carga internacional. Lo contrario es exponernos a todos no a un mundo multipolar del que habla infatigablemente el presidente francés, Jacques Chirac, sino llana y simplemente a un mundo apolar.

La pregunta para nosotros, por tanto, no debe ser cómo limitar o cercenar el poder de América, sino ¿qué podemos hacer para hacer de América el imperio benevolente que nos interesa?


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[1] Es cierto que el gasto en defensa español es de los más bajos, pero, así y todo, Estados Unidos gastan casi diez veces más que el Reino Unido, la nación europea que más esfuerzo realiza en defensa.
[2] Krauthammer, Charles: “The unipolar moment”, Foreign Affairs 1991, vol. 71 nº 1.
[3] Una de las críticas más feroces y recientes de la continua actitud de Clinton puede encontrarse en Minister, Richard: Losing Bin Laden: How Bill Clinton's Failures Unleashed Global Terror, New York, Reignerer Publishing 2003.
[4] Rice, Condoleezza: “Campaign 2000: Promoting the National Interest” en Foreign Affairs, enero/febrero 2000.
[5] Haass, Richard: The reluctant sheriff: The United States and the world after the Cold War. New York, Ciuncil inn Foreign Relations 1997.
[6] El término “transformación” es la denominación oficial que la Administración Bush emplea al hablar del impacto y explotación de la Revolución de los Asuntos Militares e implica bastante más que innovaciones técnicas, incorporando cambios sustanciales en la orgánica, las doctrinas y las operaciones, entre otras cosas.
[7] Ver AEI.org, 17 de julio de 2003: The United States Is, and Should Be, an Empire, a debate.


Publicado en "La Ilustracion Liberal", Diciembre del 2003.

Comments:
Excelentísimo artículo.

Muchas gracias por ponerlo.

Saludos.
 
Piaggio felicitaciones ,me gusto volverlo a leer .
Queda aqui para su difusion y para fortalecer las ideas.
freewalker
 
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